SOCIEDAD
Antonio, a pesar de la dura realidad, no pierde su fe y sigue su lucha vendiendo pan por las calles de Mackenna
La historia de Antonio Areco, una persona humilde, respetuosa, trabajadora, comenzó hace exactamente seis años atrás, cuando la pandemia, detuvo por dos años al mundo entero, y todos saben lo que paso, no hace falta recordar esa lamentable situación que vivió la humanidad por un virus maligno.
Precisamente por el COVID 19, Antonio que se ganaba el sustento diario como peón de albañil, al igual que miles de personas, perdió su trabajo.
"Estuvimos con mi señora casi una semana sin poder comer, apenas si podíamos tomar unos mates", recuerda con mucha tristeza el hombre nacido en la ciudad de Merlo, provincia de Buenos Aires.
Los primeros días de la pandemia, el mundo no entendía casi nada de lo que estaba sucediendo, algunos pensaron que el apocalipsis (fin del mundo) estaba por llegar.
Pero cuando parecía que a Antonio y a su esposa, el mundo se les venía encima, días después, un viernes por la tarde precisamente, golpean la puerta de su humilde vivienda. (en realidad habitaban en una pieza con una letrina en el fondo del patio), "Pensamos que era el vecino que venía a traernos algo para comer, pero eran dos chicas que se presentaron como integrantes del Área Social de la Municipalidad (una de ellas la actual Secretaria de Desarrollo Social y Productivo la Licenciada Ana María Paredes). Nos tomaron los datos y nos dijeron que nos iban a seguir ayudando, debido a que yo no podía conseguir trabajo, estaba todo parado", continuó diciendo don Areco.
Cuando se fueron y abrimos el bolsón, nos pusimos muy felices con mi señora, había un poco de todo; fideos, azúcar, yerba, aceite, verduras y otros alimentos más".
Pero entre esos alimentos que cito Antonio, había tres paquetes de harina. Él, nunca imagino que esa harina a partir de ese momento se iba a convertir en oro en polvo.
"De vez en cuando la vida nos besa en la boca, y a colores se despliega por un atlas, nos pasea por las calles en volandas...", reza la frase de una de las canciones del "Nano" Joan Manuel Serrat.
Lo cierto es que los tres paquetes de harina que le dejaron las Asistentes Sociales del Municipio a don Areco, fue para él como despertar de una horrible pesadilla y comenzar a caminar las calles de Mackenna vendiendo panes caseros, algo que le cambio totalmente la vida.
Como el Ave Fenix
La historia de Antonio, no es una historia más, refleja la cruel realidad de un trabajador humilde, honesto, respetuoso y muy querido por la gente de Mackenna.
En el comienzo de la pandemia (2020) resurgió como el Ave Fenix de las tinieblas para empezar a caminar un sendero brillante que lo levantó y lo saco de la pobreza. Pero, la vida no es "todo color de rosa", hoy le cuesta un montón recaudar para llevar la comida a su hogar. Igual él no se rinde y sigue con la esperanza que algún día la situación que hoy sufre nuestro país, cambiará.
Con los tres paquetes de harina que venían en el bolsón que le entregó el Área Social del municipio, la esposa de Antonio decidió amasar panes, entre ellos algunos caseros. Unos de esos panes los copartió con sus vecinos quienes le habían dado algo para comer días anteriores. Lo cierto que ante el halago de "Que ricos que están los panes caseros Antonio", al hombre se le subió al autoestima por las nubes y no dudo un minuto más para decirle a su compañera, que con el resto de harina que quedaba la utilizara para hacer panes caseros y salir a vender.
"La verdad, hace seis años que empecé con esto. Primero vendiendo con una caja de cartón al hombro donde había diez panes. Después, de a poco la gente me fue conociendo, comprando mis panes para darme una mano y haciéndome propaganda de boca en boca", recuerda Antonio en diálogo con MACKENNA INFO.
"Durante los primeros cuatro años he llegado a vender 120 panes por día, por esos tiempos cada pan valía cien pesos. En total juntaba más de diez mil pesos por día. Para mí era una fortuna", continúa diciendo el buen hombre.
"Gracias a ese dinero pude construir mi casita y dejar de vivir en una piecita que era lo único que teníamos con mi familia. Agradezco siempre a Dios, a la gente de Mackenna que siempre me da una mano, comprando mi pan o también dándome dinero para que yo pueda tener los insumos para hacer los panes", continúa diciendo Antonio sin olvidar a la funcionaria municipal Ana María Paredes, que fue quien le dio "la llave para abrir la puerta a la prosperidad".
Además reconoce que hoy la Municipalidad lo sigue ayudando con medicamentos para controlar la enfermedad que sufre. Hace dos años, le surgió un problema a los pulmones, y una neumonía lo complicó dejándolo casi al borde de la muerte. Actualmente, Antonio recorre todas las calles de Mackenna, aunque el día este brillante de soleado, corra viento, llueva haga calor o frío. Sus pulmones funcionan en un 20 por ciento, por eso tiene un tratamiento con medicamentos muy caros que se los entrega el Área Social de la Municipalidad.
"La pase muy mal, cuando me dieron el alta después de haber estado casi un mes internado en el hospital de Río Cuarto (San Antonio de Padua), los médicos me decían 'usted tiene un Dios aparte', no entendían como con el ochenta por ciento de los pulmones afectados (de por vida) había podido salir de la neumonía",
"Hay días cuando corre mucho viento o está lloviznando, no me dan ganas de salir, pero salgo igual, me tengo que cuidar porque debido al problema que tengo en los pulmones, no puedo hacer fuerza, se me cierra el pecho, por eso tengo que tomar los medicamentos que son muy caros y sino fuera por la ayuda que me da Ana María (Paredes) no se que sería de mi", reflexiona don Areco.
De los 120 panes que vendía cuando comenzó hace 6 años, hoy apenas le compran entre quince o veinte
"La gente no se queja por el precio. Para poder pagar los insumos y me quede una ganancia, cada pan sale seis mil pesos. El problema es que no hay plata que alcance y gracias a Dios puedo seguir vendiendo entre quince o veinte panes por día. Sigo vendiendo porque debo tener más de cinco mil clientes, y es como que se van rotando, y cada cliente me compra cada quince días, por eso no dejo de vender, aunque sean quince o veinte".
"Por ahora me alcanza para comer, pero no me sobra nada como antes, como le pasa a toda la gente humilde de la Argentina, ni hablar de los jubilados".
"No tenemos que bajar lo brazos y no hay que rendirse, al contrario hay que seguir para adelante, con la fe y la esperanza que esto va a cambiar, como dice el dicho 'no hay mal que dure cien años'...", culmina diciendo don Antonio Areco.
"No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista", reza el dicho popular que invita a la esperanza, claro que mientras siga el actual gobierno nacional, será muy difícil sostener la ilusión que algún día la Argentina cambiará para bien de todos.
Alejandro Fernández.
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